Viaje a Alejandría, Egipto

El último día de nuestra estadía en Egipto, visitamos Alejandría. Sé que mi hermano jamás perdonará el hecho de que yo prefiriera ver el atardecer en el mar a visitar la biblioteca pero, bueno las cosas ya están hechas y de este viaje ya han pasado más de dos años…
Después de la biblioteca los sitios más importantes para visitar a nuestro parecer son las catacumbas y el fuerte de Quiat Bey, que más bien parecía un paseo romántico que otra cosa. En cada esquina oscura del fuerte, que no eran pocas, nos encontramos a parejas acarameladas o con ganas de acaramelarse, cosa muy extraña, ya que fuera de allí no habíamos visto a nadie ni tomados de la mano y cuando nosotros lo hacíamos les llamaba mucho la atención y luego de que pasábamos se escuchaba una risita nerviosa. Pero algo tenían esas antiguas murallas que invitaban al amor, será la historia, el silencio o lo “oscurito” pero de que vimos cosas, las vimos…
Tanto amor nos abrió el apetito y nos fuimos a comer a un restaurante frente al mar, y por supuesto comimos pescado. Nada más entrar, en el planta baja, tenían un acuario donde podría elegir los crustáceos que comería luego, algo que estuvo muy de moda en los restaurantes y que ahora lo tienen hasta los supermercados. Y bajo un recargada decoracion marina que me recordaba los restaurantes del mercado de Valparaíso, descubrimos que no sólo en El Cairo se caracterizaba por dar muchos platillos, si no que era un  factor común del servicio de la comida árabe. Lo pidieramos o no, siempre nos traían más y más comida. Un plato no alcazaba a terminarse y ya era cambiado por otro llenos de pescados fritos y a la plancha. Pescados que venia completos con cabeza y todo! nos traían sopa de pescado con cangrejo y ensaladas de tomate con pepino, y más sopas y más pescado… Un menú bastante ligero, si no hubiese tenido esas cantidades descomunales.
Con la barriga llena nos fuimos a la playa, a ver el atardecer sobre una arena tan fina que casi no se sentía y bajo la atenta mirada de todos los locales que se extrañaban de ver turistas metidos en el agua, enseñando las piernas, y disfrutando como niños, aprovechamos los últimos minutos en Alejandría.
A estas alturas uno de los nuestros ya casi no andaba, producto del malestar que tenía por la intoxicación alimentaria que sufrió, así que no nos demoramos mucho y fuimos de vuelta al aeropuerto. No sin antes detenernos, sin previo aviso, en un negocio muy pequeñito, donde el acompañante del guía nos regaló 2 cajitas de hojas de té a cada uno. Era un té negro, muy aromático y especiado, para mi novio el mejor té de su vida!

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